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lunes, 25 de octubre de 2010

Mirada actual sobre Miguel Hernández: Santos Domínguez


HISTORIA NATURAL DE LA POESÍA

La noche desprendida de los pozos oscuros 
se sumerge en los pozos donde ha echado raíces.
M. Hernández
Vengo de donde mide su conjetura el aire,
de la raíz antigua de la piedra y la música,
de las palpitaciones verdes de la madera,
de los primeros ríos que cruzaron los pájaros.

Yo vivo en la intemperie donde vive el vacío,
donde crece una nube de granizo y habita la serpiente,
bajo un cielo sin música que alimenta tormentas.

Antes que los caldeos enunciaran el número
para cifrar los astros y su oscuro latido,
ya vivía en el agua interior del planeta
y en las germinaciones de una dura semilla.

Como los temporales, yo vivo en la intemperie
y cruzo las palabras como quien cruza un bosque,
porque sabe que al fin la luz será con ellas
y latirá en el pulso primero de los pájaros
y en las germinativas raíces de los ríos.

Yo vengo de un lugar de baluartes
y argamasas primarias.
Yo vivo en la intemperie del adverbio,
vivo en la carne viva de la palabra mundo
y en lo que ella contiene de veneno y belleza.

Con tiempo y con arena definí los espacios
propicios para el canto. Y antes de celebrar
el transcurso callado de la sangre en las venas,
lamenté un pecho inmóvil y unos ojos opacos.

Yo soy el que en la noche
pesa a plomo el silencio y destila el mercurio,
el que acaricia el hielo y espera la llegada del sol por los pinares.

Yo soy el que alimenta
el silencio parado de un animal que acecha
su minuciosa dosis de minutos.

Hoy dibujo lo mismo la flor de la vainilla
que el diluvio en un sauce,
la transparencia azul de la tristeza
lo mismo que la herida que gime ante la hormiga.

Soy el que guarda el fuego, el que prende el pabilo,
el que espera cansado sobre los adjetivos y las declinaciones
mientras arde en los altos campanarios
la claridad caliente de la tarde.

Soy el que incendia el pasto al final del verano,
el que pudre los pozos y envenena las fuentes.

Nadie sabe mi nombre. Soy el insomne, el ciego,
el que no tiene nada y el que nada pretende.

Soy la salmodia amarga de un reflejo,
la letanía de un eco, la liturgia
vacía del oscuro,
en el fondo del fango, en la penumbra.

Muro de fuego y cólera, vidrio que arde o persiste
bajo la luz del número en la fragua del tiempo
donde un nueve de lunas convoca sobre el yunque
su arista de misterio, su ritmo de metales.
Del libro: “Escarcha y Fuego: la vigencia de Miguel Hernández en Extremadura”
Servicio de Publicaciones. Diputación de Badajoz.

Mirada actual sobre Miguel Hernández: Irene Sánchez Carrón

HOMENAJE A MIGUEL HERNÁNDEZ

MORIR  EN PRIMAVERA

Porque tú ya no estabas
hablaban los arroyos
y nadie comprendía,
a nadie le importaba.

Porque tú ya no estabas
se secaron las hojas
sin verano ni otoño
en plena primavera.

Porque tú no venías
la maleza cerró
con su muro de espinas
el camino a la sierra.

No importaron las flores,                 
no cogimos los frutos
ni enterramos semillas
porque ya no importaba.


SÓLO UNOS POCOS VERSOS

Hay versos derramados como un sol
sobre la oscuridad que cierra las heridas.
Hay versos que amanecen golpeando
lo que no quiere abrirse
con la fuerza de un viento ingobernable,
palabras que no aguantan las cadenas,
las mordazas, las cárceles de olvido,
penas que no prescriben
y buscan al culpable sin descanso
en las encrucijadas
y en las sendas furtivas de la historia,
y escarban con las manos en las zanjas,
y ascienden a los montes
y acaban resonando en las entrañas
como un río de sílabas calladas
que crece hasta los ojos,
como el eco lejano y obstinado
de una verdad que avanza hacia la boca.

Solo unos pocos versos
conocen el camino
entre las duras peñas
hacia los labios limpios,
hacia los ojos firmes
hacia la frente alta.

Son versos,
solo unos pocos versos,
que saben derramarse como el agua
sobre la arena muerta en los relojes. 


BAJO SU TOSCA CAPA DE CABRERO
Escríbeme a la tierra
que yo te escribiré.
M. Hernández
A la tierra escribí por si me oía,
envié mis palabras a su encuentro,
al centro de la luz, del fuego al centro,
allí donde la noche forja el día.

A buscarle envié la pena mía,
al núcleo de la angustia, hueso adentro,
al grano del dolor donde concentro
los surcos de la sed y la sequía.

Allí su verso libre de cadenas
que soportó tenaz el aguacero
me grita libertad a manos llenas.

Bajo su tosca capa de cabrero
encuentro el tierno aroma de azucenas
y una voz masculina hecha de acero.
Del libro: “Escarcha y Fuego: la vigencia de Miguel Hernández en Extremadura”
Servicio de Publicaciones. Diputación de Badajoz.